viernes, 21 de marzo de 2008

LA IGLESIA SU MINISTERIO Y ORGANIZACIÓN

OMAR MARTÍNEZ TOVAR
LA IGLESIA, EL CUERPO DE CRISTO HOY
ED HAYES

LA IGLESIA SU MINISTERIO Y ORGANIZACIÓN
7

El Nuevo Testamento proporciona evidencia de una iglesia organizada. Ante la rápida expansión del cristianismo, los creyentes se dedicaron a la enseñanza o doctrina de los apóstoles (Hechos 2: 42). Las asambleas se conocían por la intensidad de la comunión e identificación entre los integrantes. La responsabilidad abrumó a los apóstoles. Designaron ancianos en cada iglesia y ciudad (Hechos 14: 23). El cristianismo manifestó un patrón ordenado y a la vez indicios de gran flexibilidad.

UNA FE ORDENADA
En vez de hacer que la fe se adaptara a un molde organizacional, la organización surgió para servir a la fe.

LOS MIEMBROS DE LA IGLESIA
La regeneración es indispensable para ser miembro de una iglesia local. En el Nuevo Testamento las iglesias como miembros sólo a creyentes bautizados. Cuando uno se bautiza confesando su fe en Cristo, se une a una multitud de convertidos, la iglesia.

TIPOS DE GOBIERNO ECLESIASTICO

El gobierno episcopal: Dentro del protestantismo, el sistema episcopal hace hincapié en el rol del obispo.
El gobierno presbiteriano: Fundamenta su organización en el gobierno por ancianos.
El gobierno congregacional: Se basa en la independencia y autonomía de la iglesia local.

DESCRIPCIÓN DE LOS OFICIOS BÍBLICOS
La predicación de la Biblia, el servicio a los creyentes y la obediencia a Cristo, la cabeza, son esenciales para el buen funcionamiento de la iglesia.
Los ancianos, pastores y sobreveedores: Como designación del oficio, el término anciano es intercambiable con pastor y sobreveedor. En el nuevo Testamento los ancianos tienen tres deberes generales: administrar, pastorear e instruir.
Los diáconos: De la palabra griega diakoneo, “servir”, desempeñaban bien su trabajo ganando un grado honroso y mucha confianza en la fe (1 Tim. 3: 13).

LA IGLESIA Y EL MINISTERIO
Ekklesia, llamados a fuera y se nos congrega bajo el señorío de Cristo. Todo creyente participa en el ministerio total de Cristo porque todo creyente es sacerdote.
Dios llama a diversos hombres y mujeres que pertenecen al cuerpo de Cristo para cumplir diferentes funciones.
Requisitos para participar en el ministerio:
Identificarse con la cruz de Cristo (Lucas 9: 23)
Caminar en intimidad con Dios (Efesios 5: 17, 18)
Compasión y el cuidado (Lucas 6: 36)

Ejercer el ministerio es un privilegio que hay que cumplir en obediencia a Cristo y a su Palabra.
Ordenación al ministerio: La ordenación es un rito humano que reconoce un llamado divino. Se denota en un oficio por la imposición de manos.

viernes, 7 de marzo de 2008

trabajo presentado por Agustin Alberto Ceballos Hernández

Fecha: 7 de marzo de 2008.
Materia: NATURALEZA Y MISIÓN DE LA IGLESIA

Maestro: Pastor Rafael Pola Baca
Alumno: Agustín Alberto Ceballos Hernández

La Iglesia. El Cuerpo de Cristo Hoy. Ed Hayes
Capítulo 5. La iglesia y el poder del Espíritu Santo.

Los primeros cristianos fueron como incendiarios espirituales que propagaron el fuego inextinguible de la fe. La iglesia tiene mucho que ver con el fuego que enciende pasión por la verdad, que convierte y transforma el escenario de una vida y le permite vivir en el poder del Espíritu Santo.
A través de la historia, desde Pentecostés hasta nuestros días, los mensajeros utilizados por Dios han dependido fielmente del poder del Espíritu Santo para prender fuego a la iglesia. El mártir cristiano Jim Elliot escribió en 1948: “Satúrame del aceite del Espíritu para que sea flama. Pero una llama es pasajera y con frecuencia tiene una vida muy corta. Alma mía, ¿no puedes soportar tener una vida corta? En mí mora el Espíritu de aquel que vivió una vida muy corta y cuyo celo por la casa de Dios le consumía. Flama de Dios, haz que yo sea combustile”.
El establecimiento de la iglesia es la historia del Espíritu Santo convenciendo, transformando, bautizando y llenando a los creyentes. Lo que distingue a la iglesia de otras organizaciones es el Espíritu Santo obrando en su vida y testimonio.
Jesús dijo: “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:49).

PODER, PODERES Y EL ESPIRITU SANTO
La iglesia de Cristo tiene que apartarse de cualquier fuente de poder que no sea Dios mismo. Siempre existe la tentación de confiar en el poderío económico, político o militar. Somos propensos a olvidarnos de las palabras de Jesús: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36).

EL ESPIRITU SANTO, REGALO DE DIOS
Jesucristo y solo él, es el único que otorga su poder sobrenatural a la iglesia. En repetidas ocasiones aludió a otra “venida”, la del Espíritu Santo (Juan 15:26; 16:7). Cuando el Espíritu venga “convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). El Señor prometió enviar al Consolador (14:16), el regalo que el mundo rechazó. Ese regalo procedería del Padre y sería enviado en nombre de Jesús.
El Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad, procede del Padre y es regalo del Hijo. Él es eterno, y llena y capacita a los creyentes en el cuerpo de Cristo.
Desafortunadamente, en la actualidad muchas iglesias tiende a seguir la cultura popular en vez de depender de la palabra de Dios y del Espíritu poderoso. En su afán de ser contemporáneas, adoptan una cultura eclesiástica que es muy similar al entorno cultural mundano. El menoscabo entonces en los estándares personales de santidad indica que la mundanalidad inunda a la iglesia. El apóstol Juan la define como “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida” (1 Juan 2:16). Un correctivo eficaz contra la corrosión ocasionada por la cultura prevaleciente es volver a predicar y enseñar la doctrina del Espíritu Santo. Si la iglesia desea recibir la bendición y el poder de Dios, entonces su único estándar tiene que ser la conformidad a Cristo.
Otra gran tentación dentro de la iglesia es el abuso del poder y la búsqueda pecaminosa del mismo. Es posible detectar la simonía (por Simón, el mago que quiso comprar con dinero a los apóstoles, el poder espiritual) en algunas iglesias, el pecado de lograr un puesto eclesiástico mediante fraude o compra. Aún hoy existen modernos charlatanes religiosos que manchan el testimonio del evangelio. Algunos otros pecados que notamos en la iglesia son la arrogancia, el egoísmo y la decadencia moral entre otros.
Como cristianos, debemos rechazar cualquier metodología engañosa o truco ilusorio para ganar adeptos a Cristo, viviendo el evangelio de manera genuina y dependiendo de Dios y de su poder.

EL BAUTISMO EN UN CUERPO, LA IGLESIA
Los creyentes somos bautizados en el Espíritu para así ser colocados en el cuerpo de Cristo. “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:13). Este bautismo es diferente del bautismo en agua, aunque los que sostienen un punto de vista sacramental los equiparan. Es importante, de cualquier manera, no confundir esta doctrina con otros ministerios del Espíritu tales como regenerar, morar y llenar.
En el momento de la salvación cada creyente es bautizado por el mismo Espíritu y ese bautismo le coloca en el cuerpo de Cristo. Esta obra del Espíritu tiene tres distintivos:
Es universal, pues todo creyente recibe este bautismo.
Es inclusivo, pues cruza todos los límites étnicos y de género, así como de clase social.
Esta obra divina no se repite, pues ocurre únicamente en el momento de la salvación.

El día de Pentecostés sucedió algo único. Por primera vez, Cristo bautizó a sus discípulos y a muchos otros para que formaran parte de su cuerpo, la iglesia. Desde ese día, al momento que una persona recibe a Cristo para salvación, el Espíritu Santo la bautiza, es decir, la coloca en la iglesia como un miembro del cuerpo de Cristo. La iglesia nació en Pentecostés y a partir de ahí se estableció un vínculo permanente entre ella y el Espíritu Santo. Ese bautismo prepara el terreno para la unidad de los creyentes, “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo,...y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:13). Todas las demás doctrinas del Espíritu emanan de esta (la regeneración, el sello, la morada, la llenura, el repartimiento de los dones). Este es el fundamento del servicio fructífero en la iglesia.
Una vez que el Espíritu nos bautizó e hizo su morada en nosotros, nos convertimos e “templo santo en el Señor... morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:21-22).
La iglesia, no el Espíritu Santo, es la huella de Dios sobre la tierra. Sin embargo, solo la iglesia espiritual permite que el Espíritu Santo ejerza su ministerio de ungir con poder. “La posesión del Espíritu Santo es un don, no un logro”.

LA DIVERSIDAD DE CARISMAS
El Espíritu es un don de Cristo para la iglesia, y este a su vez, de dones a la misma. A estos los llamamos charismata, de charis, que significa “gracia”. Por medio de los dones espirituales se hace posible la glorificación de Cristo en la iglesia.
Pablo escribió: “No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales” (1 Corintios 12:1) y en Efesios 4:7-8, pasaje clave acerca de los dones, Pablo citó parte del salmo 68:18: “Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres”.
Algunas características de los dones espirituales son las siguientes:
- Son dados por la gracia de Dios a todos los creyentes (1 Corintios 12:7, Romanos 12:3-8).
- Son para beneficiar a toda la iglesia, no para enriquecimiento individual (1 Corintios 12:7).
- Sólo cumplen su función si el cuerpo se edifica hasta llegar a la unidad de la fe y del cocimiento de Jesucristo. Sólo cumplen su cometido si promueven madurez espiritual en el cuerpo de Cristo (Efesios 4:7-13).
- Se deben ejercer con el fin de edificar a la iglesia (1 Corintios 14:3-5, 12, 26).
- Con el servicio cristiano y el uso adecuado de los dones espirituales, hombres y mujeres son conducidos a creer en Cristo y a obedecer a Dios (Romanos 15:18-19).
- Lo que constituye un charisma no es la forma particular de prestar un servicio, sino la bendición de Dios (2 Corintios 4:7).
- Los dones espirituales son para alabanza y gloria de Dios (1 Pedro 4:11).

Un don espiritual es una capacidad divinamente otorgada. El creyente recibe su poder del Espíritu Santo con el fin de usarlo en el ministerio de la iglesia para lograr los propósitos espirituales que Dios tiene en mente.
Cristo mismo con su regalo de salvación eterna es el mejor don. El don del Espíritu Santo es otro tesoro de la iglesia. Pero entre la diversidad de dones hay uno que pocas veces es considerado como uno de ellos: el amor. En la iglesia, el amor es la senda del poder. Sin amor, todos los demás dones no sirven. Esta es la más grande dádiva que conduce a otros al amor de Dios en Cristo Jesús. Según la declaración de Pablo en 1 Corintios 13:13, el don del amor permanecerá por siempre.
Existen indicios de que los dones se consideran por lo menos desde dos perspectivas diferentes en Romanos 12, 1 Corintios 12 y Efesios 4. En algunos casos, se registra el don en sí; mientras en otros, parece que se hace hincapié en la persona que ejerce el don. En 1 Pedro 4:11 posiblemente se señala otra forma de agruparlos: “Si alguno habla” atañe a dones verbales; y “si alguno ministra”, se refiere a dones de servicio. Otro tipo de catalogación los divide en dones proféticos, sacerdotales, reales, de conocimiento, de poder y de exposición oral de las Escrituras.
He aquí una relación parcial de los dones espirituales:
Profecía
Palabra de sabiduría
Lenguas
Servicio
Palabra de conocimiento
Interpretación de lenguas
Enseñanza
Sanidades
Apóstol
Exhortación
Milagros
Profeta
Ofrendar
Fe
Maestro
Administración
Discernimiento de espíritus
Evangelista
Misericordia

Pastor-maestro
Los creyentes no poseen todos los dones, y no hay un don que todos deban tener. Los dones se otorgan “conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (Romanos 12:3), de acuerdo a la voluntad divina (1 Corintios 12:11). No hay mandato que anime u obligue a los creyentes a procurar algún don en especial.
Existen características que, estas si efectivamente, debe poseer todo creyente, como lo son la esperanza, la oración o la paciencia.
Algunos sostienen que ciertos dones cesaron en la iglesia primitiva. Los “cesacionistas” basan sus argumentos en la naturaleza del proceso de revelación progresiva. Mientras el canon de la Escritura quedaba inconcluso, ciertos dones servían para autenticar la enseñanza profética y la obra evangelizadora de los apóstoles. Afirman que los dones milagrosos eran “señales” que confirmaban la Palabra. Los que practican los dones de lenguas, sanidades, profecía y, en particular, milagros de sanidad, argumentan contra cualquier distinción entre dones temporales y permanentes. Es este entonces un debate entre carismáticos y no carismáticos.
Nuestra fe debe fundamentarse en las firmes verdades de las Escrituras. Toda experiencia debe juzgarse con la única verdad que es la Palabra de Dios. Debemos seguir creciendo en el conocimiento de Cristo, con toda humildad. Es necesario que nuestros llamados, conclusiones y fallos acerca de los puntos de vista ajenos tengan la meta de conservar la unidad del cuerpo. “Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (14:33).

LA PUREZA DE LA IGLESIA
La pureza de la iglesia se basa en el grado de su semejanza a Cristo, en depender de la verdad divina contenida en las Escrituras y en su santidad surgida de la vida en el Espíritu.
Pedro describió así a los cristianos: “ Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9). El usó conceptos colectivos: linaje escogido, real sacerdocio y nación santa.
En 1 Pedro 1:15, Pedro aclara que, por naturaleza, el cristiano es santo. Santidad es la virtud principal del pueblo “apartado” que pertenece a Dios. Habiendo sido llamada a la vida nueva en Cristo, la iglesia es “templo santo en el Señor” (Efesios 2:21). Los cristianos hemos de manifestar un carácter moral congruente con los atributos de Dios. Fuimos llamados a vivir una vida santa (2 Timoteo 1:9).
Para describir la santidad de los miembros de la iglesia se usan términos especiales: elegido, amado, santo y amado, fiel y santos. Puesto que se edifican sobre los “santos apóstoles” (Efesios 3:5), deben hacer caso de las “santas Escrituras” (Romanos 1:2).
La santidad fluye de la relación que la iglesia sostiene con la Trinidad: el “Padre santo” (Juan 17:11); Cristo, el “Santo Ser” (Lucas 1:35); también llamado el “Santo y... Justo” Hechos 3:14; y el “Santo de Dios”, Marcos 1:24); y el Espíritu Santo (que es el título más común de la tercera persona de la Trinidad).
La iglesia tiene que ser santa y reflejar la santidad de Dios. En la santificación, el Espíritu Santo auxilia a los creyentes a crecer en su semejanza a Cristo. Lo que determina la santidad es la relación personal con Dios, la ética basada en la revelación divina, la devoción a Dios tanto en lo interno como en lo externo, la adoración genuina en espíritu y verdad y el hacer la voluntad de Dios sobre la tierra.
Otro tema básico en la iglesia es el sacerdocio de todos los creyentes. Este refleja las dos dimensiones de la vida: el acceso directo a Dios y el servicio al prójimo. En el modelo del creyente-sacerdote, la oración y adoración se vinculan con el servicio y el ministerio de la Biblia.
El concepto de una iglesia compuesta exclusivamente de creyentes es muy evidente en la tradición bautista. Sus convicciones: el bautismo de los creyentes, el gobierno congregacional, la libertad individual, el voluntarismo, la separación del mundo, la misión y el testimonio, la disciplina eclesiástica, la aceptación del gobierno civil y el rechazo a la sucesión sacerdotal o apostólica.
La iglesia es una comunidad espiritual que se caracteriza por la piedad de vida, la apertura a la dirección del Espíritu Santo, el ministerio de los laicos, el rechazo de credos externos y el punto de vista no sacramental de las ordenanzas.
La iglesia es un pueblo peregrino. Su fidelidad es para el Señor, cuyos métodos no son de este mundo. Pero su testimonio es para el mundo y se da en él. La iglesia se empeña en dar a conocer a Cristo a través de las vidas de los creyentes y el mensaje del evangelio. Por eso es de suma importancia que el carácter del creyente se conforme al mensaje de verdad.
La santidad no es misticismo, ni una apariencia de conducta correcta aplicada a un fariseísmo inherente. La santidad requiere de una genuina pureza de vida, vivir en el temor al Señor (2 Corintios 7:1), obediencia a la Palabra y perseverancia en el servicio.
La iglesia debe encontrar el poder no en fuentes seculares artificiales –estructuras políticas, sociales o corporativas– sino en Dios y solo en Él. Este poder se transmite a la iglesia por medio de Cristo, que es su cabeza, por la Palabra de Dios y por el Espíritu Santo